Notas en los márgenes

La primera nota apareció en la página cuarenta y dos de un ejemplar gastado de «Rayuela». Estaba escrita a lápiz, con una letra pequeña e inclinada, justo al lado de un párrafo subrayado: «Esto también me pasó a mí». Clara la encontró un martes de lluvia, mientras ordenaba la estantería de segunda mano de la librería, y se quedó un rato quieta, con el libro abierto entre las manos, como si alguien acabara de hablarle al oído.

No era raro encontrar cosas olvidadas en los libros usados. Billetes de tren, entradas de cine, alguna flor seca, una vez incluso una receta de croquetas. Pero aquello era distinto. Aquella frase no estaba olvidada; estaba dejada a propósito, como quien deja una puerta entornada.

Clara cogió un lápiz del mostrador y, debajo, escribió: «¿Y qué hiciste después?». Luego devolvió el libro a su sitio.

Pasaron dos semanas. Clara casi lo había olvidado cuando, al abrir de nuevo «Rayuela», encontró la respuesta: «Me fui de la ciudad. Fue un error. ¿Tú qué habrías hecho?».

Así empezó todo.

Las notas fueron saltando de libro en libro. El desconocido —o la desconocida, Clara no lo sabía— dejaba una pista al final de cada mensaje: «Sigue en Neruda, página doce», «Te espero en el segundo tomo de Galdós». Ella respondía siempre a lápiz, con cuidado de no estropear las páginas, y aprendió a reconocer aquella letra inclinada como se reconoce una voz al teléfono.

Hablaban de libros, claro, pero también de otras cosas. De la costumbre de leer el final antes que el principio. Del olor a tierra mojada. De una abuela que cantaba boleros mientras planchaba. Del miedo a quedarse siempre en el mismo sitio y del miedo, todavía mayor, a marcharse.

Clara empezó a mirar a los clientes de otra manera. El señor del abrigo gris que hojeaba poesía sin comprar nunca nada. La estudiante que se sentaba en el suelo, junto a la ventana. El chico de las gafas redondas que preguntaba siempre por novelas rusas. Cualquiera podía ser. Nadie parecía serlo.

Una tarde de diciembre, la nota decía: «Creo que ya sabes más de mí que casi nadie. Me gustaría conocerte. Si quieres, el sábado estaré en la librería a las seis. Llevaré el libro en el que nos conocimos».

Clara pasó el resto de la semana ensayando frases que luego descartaba. El sábado, a las seis menos cuarto, ya no podía estarse quieta. Colocó tres veces la misma pila de libros. Miró el reloj. Miró la puerta.

A las seis en punto entró el señor del abrigo gris. Se quitó el sombrero, sacudió la lluvia y se acercó al mostrador con un ejemplar de «Rayuela» en la mano. Clara sintió que el corazón le daba un vuelco, pero el hombre sonrió con timidez y dijo:

—Es para mi nieto. Me dijo que tenía que traerlo hoy, a esta hora. No me ha explicado por qué.

Detrás de él, en la puerta, empapado y con las gafas redondas empañadas, el chico de las novelas rusas levantó la mano a modo de saludo. Parecía tan asustado como ella.

—Página cuarenta y dos —dijo él, a modo de presentación.

Clara se rió. No pudo evitarlo. Se rió como no se reía desde hacía mucho tiempo, y él se rió también, y el abuelo los miró a los dos sin entender nada y decidió, con mucha prudencia, irse a curiosear la sección de poesía.

Esa noche, al cerrar, Clara abrió el libro una última vez. Debajo de todas sus notas había una nueva, escrita con dos letras distintas que se turnaban, una inclinada y otra recta:

«Y entonces se quedaron».

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