El domingo que viene, a las tres de la madrugada, volverán a ser las dos. Otra vez a atrasar el reloj del horno, el del coche y el de la ferretería, que es de los antiguos y hay que subirse a una escalera para cambiarlo.
Llevo toda la vida oyendo que esto ahorra luz. Puede que en los años setenta sí. Hoy lo único que noto es que durante una semana los clientes llegan antes de que yo levante la persiana, mi madre no sabe a qué hora tomarse las pastillas y el perro del vecino pide salir cuando le da la gana.
En 2018 Europa preguntó a la gente y la gente contestó bien claro: que dejaran de cambiarnos la hora. Desde entonces, cada primavera y cada otoño sale alguien a decir que se está estudiando. Y aquí seguimos, con la escalera.
No pido mucho: que elijan una hora, la que sea, y nos dejen en paz con ella.
Mientras tanto, el domingo dormiré una hora más. Es lo único bueno de todo esto.