Lo que no se ve desde Madrid

Yo no soy político ni tertuliano. Tengo una ferretería en el centro de Ceuta, la misma que abrió mi padre en el 82, y lo que voy a contar es lo que he visto con mis ojos y lo que me cuentan los clientes cada mañana mientras les corto una copia de llave o les busco un tornillo.

La noche del 30 de julio no se me va a olvidar. Mi cuñado vive en el Tarajal y me llamó a las tantas: «Fran, esto no es como lo de 2021, esto es mucho peor». Tenía razón. El Gobierno habla de unas 72.000 personas que entraron en dos días; el presidente de la Ciudad dio otra cifra, y hay quien da más todavía. Da igual el número exacto. Para una ciudad de poco más de 80.000 habitantes, es como si nos hubiera entrado otra Ceuta entera por el espigón en una noche.

Quiero dejar una cosa clara antes de seguir, porque en cuanto uno abre la boca le ponen la etiqueta. Murieron personas intentando llegar. Decenas, aunque tampoco en eso se ponen de acuerdo. Chavales que se tiraron al agua porque alguien les dijo por el móvil que la frontera estaba abierta. Eso es una tragedia y a mí me dolió como a cualquiera. Precisamente por eso no entiendo a quien dice que defender la frontera es cosa de gente sin corazón. Una frontera que funciona es lo que evita que nadie se ahogue en el espigón.

Lo que vino después lo hemos vivido los de aquí. Las playas de Benítez y del Trampolín convertidas en campamentos durante semanas. Barriadas enteras con miedo a dejar a los críos en la calle. Las asociaciones de vecinos yendo a la Delegación del Gobierno a pedir lo que debería ser lo normal: que alguien se haga cargo. Este mismo domingo la Policía Nacional ha tenido que hacer un operativo por los barrios para localizar a los que siguen aquí desde julio. ¡En octubre! Y ahora resulta que muchos se han ido al monte.

Mientras tanto, desde Madrid nos han dicho de todo. Primero, que no había pruebas de que Marruecos tuviera nada que ver. Luego hemos leído en la prensa que el propio CNI concluyó que Marruecos era plenamente consciente y actuó con pasividad. También que el CNI avisó antes de una convocatoria por redes sociales y que el ministro dice que a él no le llegó ningún informe. A mí, que no soy nadie, me gustaría saber cuál de las dos cosas es verdad, porque las dos no pueden serlo.

No pido mano dura por gusto. Pido lo que pediría cualquier vecino de cualquier ciudad de España: que se cumpla la ley, que quien entra de forma irregular sea identificado y devuelto con todas las garantías, que los menores estén atendidos de verdad y no hacinados, y que a Marruecos se le hable con la claridad con la que se le hablaría a cualquier otro país que deja pasar a decenas de miles de personas hacia el nuestro. Llamarlo «ataque híbrido», como se ha dicho en Europa, no es exagerar: es ponerle nombre a lo que pasó.

Agradezco de corazón que los Reyes vinieran la semana pasada. Aquí se nota cuando alguien viene a dar la cara y cuando alguien solo sale en la tele. También quiero dar las gracias a los guardias civiles, a los policías, a los militares y a los voluntarios, que llevan tres meses sin dormir y han aguantado de todo.

Ceuta es España desde hace siglos y es una ciudad mestiza, de cuatro culturas, que ha sabido convivir mejor que muchas. No necesitamos que nadie nos dé lecciones de convivencia. Lo que necesitamos es que no se nos trate como un problema que se arregla con una rueda de prensa y se olvida al mes siguiente.

Yo seguiré abriendo la persiana cada mañana. Pero me gustaría hacerlo sabiendo que, si vuelve a pasar, esta vez alguien en Madrid habrá hecho los deberes.

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