El 28 de octubre, a las ocho de la mañana, los médicos de la sanidad pública madrileña empiezan una huelga. No un día suelto para salir en la foto: cuatro bloques de 72 horas que llegan hasta diciembre. La convoca un comité en el que están Amyts, el sindicato mayoritario, junto a AME, Stop Peonadas, MUD y SIME. Cuando se ponen de acuerdo tantas siglas, algo muy gordo está pasando.
Yo trabajo en un centro de salud, puerta con puerta con esos médicos. Así que voy a contar lo que no sale en las notas de prensa.
Sale una médica de familia de una consulta con cincuenta pacientes en la agenda. Cincuenta. A cinco minutos por persona, si nadie se complica, si nadie llora, si nadie trae tres problemas en vez de uno. Hay compañeros a los que mueven de centro cada pocas semanas para tapar huecos, de forma que el paciente nunca sabe quién le va a ver y el médico nunca llega a conocer a sus pacientes. Sale una guardia de 24 horas en urgencias del hospital y al día siguiente toca seguir. Y en el SUMMA, los que te recogen del suelo cuando te da un infarto en la calle, siguen esperando acuerdos que se firmaron y no se han cumplido.
Eso es lo que piden: agendas que se puedan atender, estabilidad en el centro y el turno, guardias pagadas dignamente, descansos que se respeten, plazas que se cubran. Y una carrera profesional y una mesa propia donde poder negociar. No están pidiendo un yate. Están pidiendo poder hacer bien su trabajo, que es cuidarnos.
Lo más grave no es lo que piden, es lo que han recibido. La última reunión con la Consejería fue en julio. La Administración se comprometió a presentar un calendario de reuniones. Desde entonces, según el comité, cuatro meses sin noticias. Ni una llamada. Mientras tanto, en los carteles y en los anuncios institucionales, Madrid es la región de la libertad y de la mejor sanidad del mundo.
Llevamos años oyendo lo mismo. Que si faltan médicos en toda España, que si la culpa es del Ministerio, que si la huelga es política. Faltan médicos, sí. Y por eso mismo hay que cuidar a los que tenemos, para que no se vayan a la privada, a otra comunidad o a otro país, que es exactamente lo que están haciendo los residentes que formamos con dinero público. Cada médico que se va es una consulta que se cierra por la tarde y una lista de espera que crece.
Ya sé que muchos pacientes se van a enfadar si les cambian la cita por la huelga. Lo entiendo. Pero les pido una cosa: que se enfaden con quien corresponde. El médico que hace huelga pierde su sueldo de esos días. El que no ha descolgado el teléfono en cuatro meses no pierde nada.
La sanidad pública madrileña no se va a hundir de golpe, con un gran estruendo. Se está desangrando poco a poco, consulta a consulta, mientras nos dicen que todo va estupendamente. Por eso esta huelga no es solo de los médicos. Es de todos los que algún día vamos a necesitar que alguien nos atienda con tiempo.
El 28 estaré en la puerta de mi centro de salud. Con ellos.