Lucía no prestaba nunca sus cosas. Ni libros, ni bolígrafos, ni mucho menos el paraguas amarillo que le había regalado su madre el último invierno, uno de esos paraguas enormes y alegres que parecen un pequeño sol abierto en mitad de la calle. Por eso, años después, todavía no sabía explicar qué le pasó aquella tarde de noviembre en la parada del 27.
Llovía como llueve en las ciudades que no esperan la lluvia: de golpe, de lado, con mala intención. Bajo la marquesina se apretaban seis o siete personas, y al borde, medio fuera, un chico con una carpeta de dibujo apretada contra el pecho intentaba protegerla con su propio cuerpo. El agua le chorreaba por el pelo y por la nariz. La carpeta, en cambio, seguía casi seca.
Llegó el autobús de Lucía. Ella dio un paso hacia la puerta, se detuvo, se volvió y, sin pensarlo, le tendió el paraguas.
—Tus dibujos lo necesitan más que yo.
Él la miró como si le estuviera ofreciendo un riñón.
—¿Y cómo te lo devuelvo?
Las puertas pitaban. Lucía subió de un salto y solo tuvo tiempo de gritar lo primero que se le ocurrió:
—¡Ya me encontrará!
Durante semanas se sintió un poco tonta. Había regalado a un desconocido el paraguas de su madre por un gesto de película. Se mojó varias veces. Compró uno negro, de los baratos, que se le dio la vuelta con el primer viento. A veces, en la parada del 27, buscaba sin querer una carpeta de dibujo entre la gente.
En febrero, la biblioteca del barrio le envió un aviso: tenía un objeto esperándola en la sección de objetos perdidos. Lucía pensó que sería un error. No lo era. Allí estaba su paraguas amarillo, cerrado con esmero, con una etiqueta de cartón atada al mango.
«Tardé en encontrarte. Sé que lees novela negra, que vienes los jueves y que siempre te sientas junto a la ventana del fondo. No es que te haya espiado, es que la bibliotecaria es mi tía y habla mucho. Gracias por salvar mi examen de ingreso: aprobé. Si quieres saber cómo acaba la historia, mira dentro del paraguas.»
Lucía lo abrió allí mismo, entre las estanterías, ganándose una mirada severa de la bibliotecaria —que, ahora lo sabía, también era la tía—. En la tela interior, con rotulador de tela y una letra cuidadosa, había un dibujo: una parada de autobús bajo la lluvia, una chica subiendo de un salto, un paraguas amarillo como un sol. Y debajo, una fecha y una hora: el jueves siguiente, a las seis, en la parada del 27.
Ese jueves no llovía. Lucía llevó el paraguas de todos modos, cerrado, como quien lleva una contraseña. Él ya estaba allí, sin carpeta esta vez, con las manos en los bolsillos y cara de no haber dormido.
—Temía que no vinieras —dijo.
—Temía que no fueras tú —contestó ella.
Pasaron tres autobuses. No subieron a ninguno. Hablaron de exámenes, de novelas negras, de la costumbre de ella de no prestar nunca nada y de la costumbre de él de dibujar a la gente desconocida en los cuadernos. Cuando por fin empezó a chispear, Lucía abrió el paraguas y lo sostuvo entre los dos. Era enorme. Cabían de sobra.
Años después, cuando alguien les pregunta cómo se conocieron, ella dice siempre que fue culpa de la lluvia. Él dice que fue culpa del paraguas. En el recibidor de su casa, colgado junto a la puerta, el paraguas amarillo ya no se usa nunca. Ahora está lleno de dibujos por dentro: cada uno es un capítulo. Todavía quedan huecos.