El reloj del campanario

A Ramiro Soler lo encontraron al amanecer del domingo, al pie de la escalera de caracol del campanario, con el cuello roto y la llave del reloj todavía en la mano. Llevaba cuarenta años dándole cuerda a aquel mecanismo, cada sábado, sin faltar uno solo. En lo alto de la torre, las agujas de la esfera marcaban las once y cuarenta. El reloj se había detenido.

—Se cayó al bajar, después de darle cuerda —resumió el cabo Herrero, que tenía ganas de ir a misa y de cerrar el asunto—. Y con el golpe, o con lo que fuera, el reloj se paró. Las once y cuarenta. Ahí tiene la hora.

La sargento Inés Calvo no contestó. Subió despacio los noventa y dos escalones, con la linterna, fijándose en cada peldaño. En la sala del mecanismo olía a aceite y a polvo viejo. Las ruedas dentadas estaban limpias, bien engrasadas. El péndulo, quieto. Alguien había sujetado su varilla con un trozo de alambre al bastidor.

—Esto no se para solo —dijo.

Abajo, en la plaza, esperaba el único heredero de Ramiro: Julián, el sobrino, que llevaba meses insistiendo en vender la relojería y el piso de arriba a una cadena de franquicias. El tío se negaba. Todo el pueblo lo sabía.

—Estuve en el bar de Paco hasta las once y media —dijo Julián, antes incluso de que le preguntaran—. Paco lo puede confirmar. Luego me fui a casa a dormir. Si mi tío murió a las once y cuarenta, yo no pude estar aquí.

Paco lo confirmó. A las once y media en punto, Julián había pagado sus cañas y se había ido. Desde el bar hasta la iglesia hay doce minutos andando. No cuadraba por poco, pero no cuadraba.

—Qué casualidad —murmuró la sargento— que el reloj eligiera pararse justo cuando tenía coartada.

Pasó la mañana preguntando. Nadie había oído nada. A la una, la panadera, Rosario, le ofreció un café en la trastienda y le habló de su vida como hablan los que madrugan: con pocas palabras y sin rodeos.

—Yo me levanto a las cuatro, todos los días. Ni despertador uso, sargento. Me despierta la campana. Cuatro campanadas, y a amasar.

Inés Calvo dejó la taza en la mesa.

—¿Y esta madrugada sonaron?

—Claro que sonaron. Las cuatro, como siempre. Si no, aún estaría en la cama.

La sargento volvió a subir los noventa y dos escalones. Esta vez se fijó en lo que el cabo no había mirado: la esfera, por dentro. Las agujas tenían marcas recientes de dedos en el polvo, como si alguien las hubiese girado a mano, hacia atrás. Y en el registro del mecanismo, el martillo de las horas había dejado una huella de grasa fresca en la campana: había golpeado aquella misma madrugada.

Si el reloj tocó las cuatro, a las once y cuarenta funcionaba perfectamente. Alguien lo detuvo más tarde, sujetó el péndulo con un alambre y devolvió las agujas a la hora que más le convenía: una hora en la que ya tenía testigos.

A Julián lo detuvieron a mediodía. Tenía coartada para las once y cuarenta; para las cuatro y media de la madrugada, no. En el bolsillo de su chaqueta encontraron un trozo de alambre idéntico al del péndulo, y en sus zapatos, aceite del mecanismo.

—Mi tío tenía razón —dijo, ya en el coche, mirando la torre—. Siempre decía que el reloj del pueblo no se equivocaba nunca.

—No se equivocó —respondió la sargento—. Fue usted el que no supo escucharlo.

Esa noche, el cabo Herrero volvió a darle cuerda. A medianoche, el campanario dio doce campanadas, y en el pueblo, por primera vez en días, alguien durmió tranquilo.

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