En el pasillo del segundo piso del instituto, entre el laboratorio de Ciencias y el aula de Música, cuelga una orla de 1959. Es una fotografía grande, en blanco y negro, con un marco de madera que ha perdido el barniz: treinta y dos alumnos con traje oscuro y peinado de raya, cuatro profesores en el centro y, debajo de cada óvalo, un nombre escrito a mano con tinta ya marrón.
Llegué en septiembre para sustituir a un profesor de Historia que se había jubilado de golpe, a mitad de una evaluación. Nadie me explicó por qué. El director me entregó las llaves, el horario y una única advertencia, dicha con una sonrisa que pretendía ser una broma:
—Y no te quedes después de las siete. Aquí la calefacción se apaga y se pasa mucho frío.
La primera vez que me fijé en la orla fue por pura costumbre profesional. Me gustan las fotografías antiguas: la gente posa en ellas como si supiera que alguien, muchos años después, la iba a mirar. Conté los óvalos. Treinta y dos alumnos. Cuatro profesores. Treinta y seis caras.
Al día siguiente conté treinta y siete.
El óvalo nuevo estaba en la fila de los profesores, a la derecha del todo. Un hombre de unos sesenta años, con gafas de pasta y un jersey que no correspondía en absoluto a 1959. Debajo, con la misma tinta marrón, un nombre: «D. Eusebio Marín, Historia». Era el profesor al que yo sustituía. Lo sabía porque su nombre seguía escrito en la puerta de mi departamento.
Pensé que era una broma de los alumnos. Que alguien había abierto el marco y pegado una foto. Pero el cristal estaba sellado con polvo de décadas, y la imagen de don Eusebio no estaba pegada encima: estaba dentro de la fotografía, con el mismo grano, la misma luz, la misma pátina amarilla. Como si siempre hubiera estado allí.
Empecé a preguntar. La conserje, que llevaba treinta años en el centro, tardó mucho en contestar.
—Don Eusebio se quedaba siempre hasta tarde, corrigiendo. Le gustaba el silencio. Una mañana no apareció. Su coche seguía en el aparcamiento.
—¿Y nadie lo buscó?
—Se le buscó —dijo—. Pero aquí ya pasó otras veces. Mire bien la orla, profesor. Cuente cuántos profesores tenía este instituto en 1959.
Aquella tarde me quedé. Me dije que era para corregir, pero lo cierto es que quería comprobar, con los ojos de historiador, que estaba siendo víctima de una superstición de pueblo. A las siete en punto la calefacción se apagó con un chasquido. A las siete y media, en el pasillo, se encendieron solos los fluorescentes. Uno detrás de otro, hasta la orla.
Salí. Delante del marco, el cristal estaba empañado por dentro, como si al otro lado alguien respirara. Me acerqué. Los treinta y dos alumnos ya no miraban a la cámara. Me miraban a mí. Y en la fila de los profesores, junto a don Eusebio, había un óvalo vacío, con el fondo gris y un nombre escrito debajo con tinta todavía fresca, todavía brillante.
Era mi nombre.
No recuerdo cómo bajé las escaleras. Sí recuerdo que al llegar a la puerta principal estaba cerrada con llave, y que las llaves que me había dado el director no servían. Recuerdo el frío. Recuerdo que, en el silencio, se oía desde el segundo piso algo parecido a un murmullo: treinta y tantas voces que pasaban lista.
Escribo esto en el cuaderno de guardias, sentado en la conserjería, mientras amanece. Si alguien lo encuentra, que no me busque en el aparcamiento.
Que suba al segundo piso y cuente las caras.