El faro de Punta Negra se apagó para siempre en el invierno de 1994, cuando automatizaron las señales de la costa y el último farero, un hombre llamado Tomás Arrieta, se negó a abandonar la torre. Lo encontraron en primavera, sentado en lo alto, con la mirada fija en el mar. Desde entonces nadie ha vuelto a subir. La puerta está tapiada y la escalera interior, según dicen, se derrumbó hace años.
Por eso nadie en el pueblo supo explicar la luz.
La vi por primera vez la noche en que llegué para ocuparme de la casa de mi tía. Desde la ventana de la cocina se veía el cabo, una mancha negra contra un cielo todavía más negro, y en lo alto de la torre, un resplandor amarillo que giraba despacio. Una vuelta cada doce segundos. Lo conté sin darme cuenta, como se cuentan los segundos entre el relámpago y el trueno.
—Son los chavales —me dijo a la mañana siguiente el dueño del bar, sin levantar la vista de la cafetera—. Suben a hacer el tonto.
Pero no me miró al decirlo, y nadie en la barra se rió.
Durante las noches siguientes la luz siguió girando, puntual, desde la medianoche hasta el amanecer. Una vuelta cada doce segundos. Empecé a dormir mal. Me despertaba de madrugada con la sensación de que alguien me llamaba desde muy lejos, y siempre, al asomarme a la ventana, el haz de luz pasaba en ese mismo instante sobre la casa, como si me buscara.
Fue mi vecina, una mujer muy mayor que pasaba las tardes sentada a la puerta, quien me contó lo que nadie quería contar.
—Tomás no se quedó allí arriba por cabezonería —dijo—. Se quedó porque alguien tenía que vigilar. Decía que el faro no estaba para avisar a los barcos, sino para que lo que vive en el mar supiera que había alguien mirando.
—¿Y qué vive en el mar?
La mujer tardó en contestar. Miró hacia el cabo, y luego me miró a mí.
—Mientras la luz gire, no hace falta saberlo.
Me reí, por educación. Aquella noche no conseguí dormir. A las tres de la madrugada la luz se detuvo.
No se apagó: se detuvo. El haz quedó quieto, apuntando directamente a mi ventana, tan intenso que la cocina se llenó de una claridad amarilla y enferma. Y entonces lo oí. Primero fue el mar, que dejó de sonar de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta. Después, en ese silencio, unos pasos mojados subiendo por el camino de piedra que lleva de la playa a la casa.
Lentos. Pesados. Uno detrás de otro.
No sé cuánto tiempo estuve sin moverme. Sé que los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta y que algo, muy despacio, rozó la madera de arriba abajo, como una mano enorme que buscara el pomo a tientas.
Entonces la luz volvió a girar.
Los pasos se alejaron hacia el mar a toda prisa, torpes, casi como una huida. El rumor de las olas regresó. Una vuelta cada doce segundos.
Al amanecer bajé a la puerta. En la madera había un rastro de humedad que olía a algas podridas, y en el suelo, un charco de agua salada que tardó todo el día en secarse.
Esa tarde subí hasta el faro. La puerta seguía tapiada, cubierta de musgo, intacta. Pero en la arena, junto al muro, había huellas recientes de unas botas de hombre. Iban hacia la torre. Ninguna volvía.
Desde entonces no me he marchado del pueblo. Cada noche, a medianoche, me siento junto a la ventana de la cocina y cuento. Una vuelta cada doce segundos.
Alguien tiene que vigilar que la luz no se detenga.